Leyenda……La Calle de Tres Cruces

Majestuosa era la casa de don Diego de Gallinar; se alzaba sobre un buen cimiento con sus tres pisos de cantera rosa, finamente labrada. Junto a ella emergían construcciones de una sola planta, no tan suntuosas, pero sí de muy buena fábrica. Todas se alineaban para formar la calle de San Francisco, que desembocaba en la Plaza Principal de la rica ciudad minera de Zacatecas. Era el año de 1763, y los habitantes de esta población no podían menos que sentirse orgullosos de la prosperidad de la región; de filón en filón salía oro y plata.

Don Diego de Gallinar, con sus más de sesenta años, tramitaba un título nobiliario ante la Corona española, era cosa de esperar; dinero lo tenía para aspirar a eso y más. Padre de un hijo llamado Antonio, también tenía bajo su reguardo y tutela a doña Beatriz Moncada, su sobrina; ella acababa de salir del colegio de monjas y. estaba en edad casadera. Su tío planeaba el futuro de la joven, aunque no guapa, sí era un dechado de bellas formas, que se le notaban bajo las telas de sus vestidos. ¡Había que ver esas líneas que le nacían bajo la cintura! ¡Había que ver, qué formas! ¡Por vida de las once mil vírgenes!

Doña Beatriz Moncada, huérfana de padre y madre, era nada menos que heredera de una inmensa fortuna; poseía minas y casas en renta. Más, para su poca fortuna -la moral-, su tío administraba sus bienes y la tenía estrechamente vigilada.

Las lenguas viperinas, que todo lo saben y si no lo inventan, decían que don Diego de Gallinar planeaba casar a su sobrina con su hijo, don Antonio; mozo de 21 años con poca fortuna, que de galán no tenía nada; mal le fue en parecerse a su padre. Don Antonio de Gallinar, en esas fechas, se encontraba de servicio con el virrey Márquez de la Laguna, persiguiendo a los muchos piratas que inundaban las aguas del golfo de México.

Doña Beatriz sabía que su primo -que por cierto, no le interesaba como marido- era un joven crápula y calavera; que cultivaba las artes de buen seductor de bellas doncellas y, no de pocas damiselas llamadas Gallas, que de sus dotes tenían por bien servir de caricias a los clientes que así lo solicitaban. Y sabía que, si de gastar duros, reales o maravedíes, pues papá don Diego de Gallinar pagaba los gastos dispendiosos de Gallinar chico.
Se decía que una de las razones para el proyectado enlace era que una vez casada Beatriz con don Antonio, don Diego de Gallinar no tendría que dar cuentas a nadie sobre el patrimonio de la rica heredera, a quien le fingía un cariño exagerado en público, pero que la tenía más que presa en su lujosa casona.

Así transcurrían los días en Zacatecas, entre chismes, decires y sueños de riquezas, de la noche a la mañana. Pero llegó una noche y después, otra y otra y otra… Y las dulcísimas notas de un violín llenaban el oscuro ambiente de melodías finas para oídos exigentes; cada noche, cuando sonaba el repiqueteo de campanas para llamar al resguardo y después de que la ronda de guardias terminaba su primer recorrido, se escuchaba la suave música que tocaba un joven nativo… Ahí, junto a un poste de un farol que alumbraba débilmente la desierta calle arrancaba de su instrumento melodiosos himnos de seducción.
Se trataba de un joven indígena, recogido y educado por los religiosos del convento de San Agustín; donde los frailes le habían enseñado las artes de la música y las ciencias que conocían. Su nombre, Gabriel García, y doña Beatriz lo conoció en un concierto que ofreció en la casa del Conde de San Mateo de Valparaíso en su casa; pues gracias a las buenas referencias que le daban los religiosos, Gabriel era admitido en todas las reuniones de la aristocracia de aquel entonces.

Beatriz lo escuchó tocar y en su alma vibró el compás de la maravillosa música del artista; una elocuentísima mirada sirvió para que le entregara el corazón. En tanto, el músico subyugado por las bellas formas peregrinas de aquella niña rubia, comprendió el rudo lenguaje de sus miradas y la adoró con todas las fuerzas de su alma india; aunque sabía que era un amor sin esperanzas.

Desde entonces, al filo de la media noche, Gabriel iba frente a la casa de su adorada a desahogar su corazón a través de la música. Los vecinos de la calle de San Francisco desconocían de dónde provenía la música, pero la aprovechaban para el bien dormir.
Doña Beatriz burlaba la vigilancia de su tío para subir a la azotea, junto con una mujer de la servidumbre; desde ahí, miraba a su enamorado. Ella confesó a la sirvienta, su dulce compañía, sus deseos y miedos; le dijo que su pecho anidaba un amor por el apuesto, tenaz y virtuoso indígena.

Mas una noche en que don Diego de Gallinar se retiraba más tarde que de costumbre a sus habitaciones, decidió mirar el cielo y, para su sorpresa, encontró que el manto celeste estaba profundamente encandilado con la música de ese violín; el lugar de donde provenía, le era impreciso hasta que, de pronto, se dio cuenta que el violín y su ejecutante estaban ahí, en concierto frente a su casa. A la luz del farol reconoció a Gabriel y, como una corazonada, sagaz levantó sus ojos a la azotea y, aunque la oscuridad era cerrada, vio a su sobrina y a la pérfida sirvienta que le servía de compañía.

 

 

Ciego de ira, bajó a la calle y le ordenó a Gabriel, al indio Gabriel, que se retirara antes de que lo apalearan sus sirvientes. El indígena contestó que sí, que se retiraría porque tenía qué hacerlo, no por miedo de los palos. Gabriel le dijo que él no era ningún perro y que sabía defenderse con la espada en la mano como caballero.

Don Diego enfurecido, le contestó que él sí podía manchar su espada con sangre india; pero Gabriel insistió que no se batiría con el tutor de su amada; él lo respetaba por ser tío de doña Beatriz. Le dijo que no pensara mal, que sólo la amaba como se ama a una virgen inalcanzable.

Ante tanta palabrería insensata para los oídos de don Diego de Gallinar, loco de rabia lanzó a Gabriel los peores improperios llamándolo "indio mal nacido, aventurero y cobarde", seguidos de una bofetada y de una espada, la suya, que tomaba aire.
Gabriel no aguantó más y arrojando su violín en medio de la calle, desenvainó también su espada y se puso en guardia, sólo deseaba defenderse sin herir a su agresor. Virtuoso en la música, también lo era en los menesteres del manejo de la espada.

No podía ser más que un juego: don Diego, viejo ya y Gabriel, un joven ágil. Pero la lucha era cosa seria y reñidísima; don Diego quería a toda costa acabar con su adversario. Gabriel se limitaba a parar los golpes, cosa que irritaba más y más al viejo. Viendo que la lucha se prolongaba sin conseguir su propósito, el señor de Gallinar quiso dar la estocada final y se tiró a fondo, pero para su desgracia y efímera vida, clavó su cuerpo en la espada de Gabriel que sólo quiso desviar la estocada. Don Diego de Gallinar se desplomó, sangrando del pecho y lanzando una horrible blasfemia por la boca que ahora arrojaba bocanadas de sangre.

Gabriel, con los ojos horrorizados, se arrodillo a socorrer al moribundo. El juego había dejado de ser un juego, la muerte estaba por llegar. En eso, se abrió el portón de la casona y salió un criado que despertó por los gritos de su patrón; al mira a su amo herido de muerte y a su agresor inclinado ante él, sacó un puñal del cinto y, sin misericordia, se lo clavó a Gabriel en la espalda, una y otra vez.

Con la mano y la ropa manchada, el sirviente gritó a los guardias. Entonces se escuchó un alarido de agonía, seguido del estrépito de cristales rotos; doña Beatriz que se había escondido con su sirvienta, al escuchar los gritos del sirviente, se asomó y al mirar la terrible escena de la muerte, su cuerpo -al querer abrazar a su peregrino amor-, cayó desde la azotea de tres pisos. Un alarido, que sólo lo puede dar alguien que sabe que va a morir, se confundió con el toque de las campanas de San Agustín. Después, vino el silencio.

Cuando la ronda llegó al lugar de la tragedia encontró, bajo la débil luz del farol, a la muerte abrigando tres cadáveres; la sangre tibia, aún con vida, avanzaba lenta.

Al otro día, la mano piadosa de una anciana marcó con tres cruces de cal el lugar donde murieron don Diego, el indígena Gabriel y doña Beatriz Moncada. La fecha trágica fue un dos de noviembre de 1763; desde ese día, la gente llamó a la calle de San Francisco, la calle de Tres Cruces. Y desde entonces, la gente al pasar por el lugar, dice que el viento arranca dulces sonidos musicales; sin embargo, los más versados, en la vida, en la muerte y las apariciones aseguran que es la música de violín de un hombre que se murió en el intento… de amar.

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