Leyenda……La Calle de Don Juan Manuel (Hoy Uruguay)

La piel cerca del amado es certidumbre de un buen sueño y una querencia al alba. Ésta era la única certidumbre de don Juan Manuel de Solórzano, quien padecía el destierro de su hogar y del calor de su mujer, doña Marina de Laguna.

Salpicado de injustas acusaciones, a don Juan se le impuso como morada una mazmorra del Palacio Virreinal y nadie, nadie, ni el mismísimo don Lope Díez de Aux y Armendáriz, marqués de Cadereyta y virrey saliente (1635-1640), tenía la capacidad de ayudar a este hijo desahuciado de la justicia.

Ahora la penitencia de nuestro personaje se incrementa, carcome su ánimo y fortaleza. Una duda como nubarrón se asienta en sus sienes para desquiciar sus sentidos y empañar la virtud de su mujer: ¿Ha logrado su infractor, don Francisco Veles de Pereyra seducir a la mujer por quien sufre en la distancia?

¿En tiempos de traiciones, también doña Marina le ha traicionado?

Esta es la segunda entrega de la real y verdadera historia de la desgracia de don Juan Manuel de Solórzano, quien recurrió a todo, a todo para sanar las enfermedades del corazón y en esa búsqueda se topó con el más bello ángel expulsado de la gloria del Señor. Sí, Luzbel… ¡Eso, cuenta la leyenda!

Segunda parte, segunda!

“Mato el tiempo. Tiempo muerto el de la espera. No espero nada y quiero todo. Todo quiero. Todo. Y me da…” Aletargado, iba y venía el pensamiento de don Juan Manuel de Solórzano sentenciado a sufrir el síndrome del vaivén del péndulo. Cómo no retornar a las dudas sobre la gracia de su esposa, doña Marina de Laguna, si nadie era capaz de brindarle la certidumbre anhelada por su alma atormentada, de momentos enloquecida y perdida en el limbo de la desesperanza.

“Señora, doña Marina… A la distancia su ausencia me duele en un suspiro. Miro el pasado y lloro un presente sin lágrimas. El tiempo transcurre y mis ganas siguen recorriendo este cuerpo aún caliente. Tibio. ¿Frío? Encontrarla y reencontrarla en mis sueños despiertos no me da alivio. Señora, señora mía, dónde la calma que en otros tiempos me propinaba; no descobije mi consuelo, señora, doña Marina…”

Don Prudencio Armedia, hombre justo y caballero de grandes riquezas, al igual que don Juan Manuel sin justificación había sido preso en Orizaba, donde varios cargos atendía, y ahora la misma mazmorra compartían. Gracias a él, la ya casi olvidada doña Ana Porcel de Velasco, amante del marqués de Cadereyta, había llegado salva y con tanto cuidado a la capital de la Nueva España; pues éste a petición de don Juan, todo atendió con discreción y derroche de reales. ¡Tarde era para los dos convidados del virrey! Tanta envidia contra él se había desatado que desalmadas venganzas se gastaban contra ellos, sus protegidos, que ahora sus penas intercambiaban.

Don Prudencio, que honor hacía a su nombre, prudente era y vueltas dio al asunto de su amigo, confiando juntar dos pensamientos para colmar de paz a uno. Sabía que el marqués de Cadereyta, estaba por dejar el gobierno virreinal y que en su última jugada le apostaría a la liberación de sus amigos. Por lo pronto, se las ingenio el caballero para conseguir que saliera don Juan, y éste varias noches abandonó la cárcel para caminar unas cuantas cuadras hasta llegar a su casa, teniendo como licencia, a penas unos minutos. Fatal sería tardarse más, pues difícil era que sus enemigos lo perdieran de vista. En tal riesgo no podía poner su vida.

El aliento abandonaba a ratos a nuestro personaje ajado con capa larga y sombrero de tres picos; nada le pertenecía, todo era prestado para disfrazarlo. Sabía que en el pecado está la penitencia, pero ¿qué pecado había cometido que tan severamente lo castigaba el Señor? Era tanto su padecimiento que si había pecado en “pensamiento, obra u omisión” suficiente había pagado. O poco te parece Señor, lo que sufre tu siervo?

Ese pensamiento abrazaba a don Juan Manuel de Solórzano cuando llegó a los alrededores de su casa; tras los ventanales, esa noche observó a su mujer sumida en sus rezos. Sin poderlo evitar, ella gastaba sus peticiones al mismo Dios con amargas y gruesas lágrimas. Y es que, doña Marina sabía de las dudas que atormentaban a su marido, atormentándola aun más a ella: “No es tiempo de mudar la querencia que por vos vivo, don Juan, con tanta llama. ¿Por qué tratar con saña a quien le ama? ¡Amado por mi mil veces y una vez más! ¿Cuánta falta hace en esta casa, mi querido don Juan Manuel de Solórzano, donde ausentes también están los destellos del astro rey!” El llanto con fruición viene otra vez. ¡Cuánto dolor, en cuerpo tan diminuto! ¡Qué pena y qué lástima que don Juan no viera esta escena, ni escuchara el lastimoso discurso de su amada, pues ungüento sería para tanta enfermedad acumulada en su alma! Con su propia angustia, don Juan parte a su negra morada, donde la suspicacia de tantos enemigos le aguarda.

Otra noche en que se deslizó por las calles de la ciudad, don Juan observó a su querido sobrino ofreciendo consuelo a doña Marina, quien en sus brazos fraternos y con un compujido semblante atento escuchaba el lamento de la mujer: “He callado mis oídos, han gritado mis ojos, y mis labios sólo miran el camino de sus pasos… ¿Hasta cuándo, hasta cuándo, Señor, hasta cuándo pondrás fin a este tormento?” El sobrino acariciaba la hermosa cabellera de su tía política e inevitablemente con deleite exhalaba el perfume que desprendían sus largos cabellos castaños de esta rosa cortada.

Inevitablemente fue también que don Juan sintiera celos, los más terribles sentimientos encontrados que destrozaban la poca cordura que le restaba. Pero, se trataba de su queridísimo sobrino, quien administraba su hacienda. ¿Por qué dudar de dos seres amados? Molesto, don Juan se retiró pensando que imposible sería que ambas personas queridas le traicionaran, y no se equivocaba de disipar semejantes nubarrones del pensamiento. ¿Pero por qué tanta cercanía de sus cuerpos, es necesario? Una vez más, esa noche, derramó bilis don Juan Manuel y las agruras le subieron hasta el vómito. Pero, qué arrojaba si apenas alimento probaba.

Una tercera noche, don Juan miró un hombre extraño en su casa. Su mujer le servía una taza y éste no apartaba su vista de la figura de ella, buscaba penetrar en lo más profundo de la mirada… Insistente, seguía con un ademán los movimientos nerviosos de la dama, quien no atinaba a sentarse o pararse o servir más té o a volverse a sentar, parar o servir más bebida caliente… En alerta se pusieron los sentidos del marido celoso, quien con dificultad escudriñaba al intruso que estaba con doña Marina. Don Juan no distinguía si se trataba de su agresor, don Francisco Veles de Pereyra quien lo había encarcelado tan injustamente o de algún otro crápula que ventajas pensaba obtener de la situación tan mala por la que pasaba…

La posición de los muebles, la tímida luz de las velas y la oscuridad de la noche impidieron a don Juan reconocer el rostro del hombre, y al menos, así, poder adivinar o intuir sus intenciones. En eso, sus esfuerzos fueron interrumpidos por el toque de queda proveniente de las torres de catedral, don Juan sabía que debía volver, esa era la señal de que el tiempo de visita había concluido.

Otras noches, su casa fue escenario de la misma representación con un hombre y él, don Juan, obnubilado por los celos comenzaba a apaciguar su incertidumbre, volviendo certidumbre el presunto engaño de su mujer… ¿Pero, con quién lo engañaba? ¿Con quién? ¿Quién era ese hombre que la frecuentaba durante su ausencia? Ahora su obsesión y su furia se concentraban en conocer el paradero del amante.

¿Cómo encontrar el antídoto a tanto mal, si en la que se ama se haya la cura y el veneno? ¡Pobre don Juan Manuel de Solórzano, no le bastaban tantos rezos ni peticiones al Divino, pues sus celos acrecentaban y con éstos, su desvarío!

Una noche de amargas lágrimas, juro que estaba dispuesto a conceder su hacienda, todos sus bienes, con tal de saber con quién lo engañaba su mujer… Rodeado de enemigos envidiosos, no hubo quien le tomara la oferta y menos a sabiendas que don Francisco Veles de Pereyra, con altas influencias en el Ayuntamiento, era quien visitaba a doña Marina de Laguna, embelesado por esa mirada, espejo de obsidiana, cuyos ojos profundos eran el pozo por donde deseaba arrojar su ser. Pero, ¿alguien más que don Francisco se atrevía a desafiar las amenazas que propinaba todos los días don Juan Manuel si descubría quién pretendía a su esposa? ¿Alguien más rondaba la casona de la calle, hoy conocida, como Uruguay? ¿Cómo saberlo?

–¡El Diablo!, sí… ¡El Diablo, sólo él. Jajajajaaaa jaaa ¡El Diablo! Sííííí. –Gritó don Juan provocando el rechazo de los centinelas y del mismísimo don Prudencio Armedia, su amigo, tal vez el único desde que había caído en desgracia, “¡Pobre don Juan, pobre hombre! ¡Pobre diablo! ¿Qué digo, Señor?” Ante tal desvarío, don Prudencio que honor hacía a su nombre perdía gradualmente la prudencia y la esperanza de que don Juan recobrara la cabalidad. —Don Juan, pronto dejaremos esta celda. Su ilustrísima, el virrey don Lope Díez de Aux y Armendáriz mucho trabaja para que salgamos, don Juan Manuel, no desespere que pronto la luz del astro principal resbalara sobre nuestra piel. Y eso era verdad, pero nuestro personaje parecía no escuchar más…

En cuclillas, don Juan tenía perdida su mirada en un hediondo rincón de su celda. Recordaba el rostro dulce y afable de doña Marina. Una pequeña sonrisa dulcificaba la mirada llorosa de don Juan Manuel de Solórzano. “Señora, la noche le respira y vuestra respiración es un canto de grillos”.

En su habitación, también doña Marina mantiene su propio monólogo: “¿Qué pena tiene su alma, mi señor, que con hielo trata a quien flama daba? Son sus sospechas infundios contra el amor; son canalladas sus dudas. Cómo simular lo que conciencia es: ‘con sospechas de celos, siempre se quiere más; pero con celos averiguados, siempre viene amor a menos.’* Pero usted señor, don Juan Manuel, que pruebas tenéis. Acaso, ¿su amor por mi se ha mudado? Es tan poca la vida, que falta es no gozarla”. Y otra vez, copiosas lágrimas humedecen las mejillas encendidas de un rubor que no desaparece en la blanca piel. “Soy débil ante el sujeto a quien profeso; aunque contrariado parezca mi sentido,” ¿qué habrá querido decir doña Marina? Ya volveremos con ella…

En tanto, don Juan –enjugado en su propia salinidad– en su inconsciente hilvanaba que, cuando es desangrado el amor con tanto capricho, es la hiel la que de su lugar y de sus quehaceres se ocupa. Era el rostro de su agresor, don Francisco, el que ahora empañaba sus más nobles sentimientos depositados en su mujer. “¡Crápula maldito!” Y soltó el llanto como hacía muchas décadas no lo hacia. “¡Maaaaaldiiitoooo!”, grito una y otra vez con la voz entrecortada y, como un eco, las carcajadas de su agresor retumban entre sus sienes. “¡Os juro que he de darle muerte, por vida de Dios!” Y desde lo más primitivo de su ser, dejó escapar un alarido que espantó a los murciélagos de algunas de las mazmorras vecinas; estos infernales animalejos aletearon con tal fuerza que en enjambre simulaban, lo que debían simular, la tétrica atmósfera de las tinieblas…

De súbito, don Juan Manuel calló. Sus ojos estaban incendiados. Respiraba con la boca y una saliva espumosa apenas chorreaba entre las comisuras de sus labios. Viscosa su lengua, la sentía como una papa hirviente. Una nausea le subía desde el esófago y él sentía que la destilaba por las orejas también incandescentes. Su cuerpo liberaba el humor penetrante de una desgraciada vida acumulada en unos cuantos minutos.
“Por vida de Dios que he de ofrecer mi alma al mismísimo demonio, con tal de saber con quién me engaña mi mujer…” Hizo una pausa y… “desquiciada esta mi mente por el celo aniquilante, furioso; mi alma es tuya Lucifer si vuelves la calma al corazón de este desgraciado señor que ha perdido su hacienda y su querer…”

Poseso de su discurso don Juan Manuel de Solórzano comenzó una especie de rito satánico, una danza macabra donde rechazaba y maldecía la intercesión de la Virgen María y la constelación de santos y mártires de la iglesia cristiana, apostólica y romana; institución del Dios que consideraba lo castigaba injustamente, con la severidad inquisidora siendo él un buen feligrés, al menos así se consideraba. Dispendioso había sido con el diezmo y las limosnas y ahora, sentía que el Señor le ponía la peor de las pruebas y templanza no tenía más para enfrentarla. En tiempos de traiciones, ¿el Señor también lo había abandonado? Resentido, comenzó a blasfemar. Su voz invocando al Diablo, ya no era la voz de don Juan Manuel de Solórzano; de ese ilustre caballero nada quedaba, solo el recuerdo triste de una vida que fue un festín, una aventura. Y don Juan vociferaba, gemía, se retorcía en el suelo y dejaba escapar estruendosas carcajadas.

“Jaaaa jaaa ja jaaaa Jaaaa” Carcajada estruendosa que rasgó la noche, en la hora en que bestias y humanos duermen… Duermen todos, menos él y… Sobresaltado, don Juan suspendió su respiración por unos momentos, agudizó su oído y sus ojos saltones lentamente buscaron por todos los rincones de su celda, apenas iluminada con la tenue luz de la luna que, tímida atestiguaba el desvarío del hombre. “El Diablo”, pensó don Juan. “E l D i a b l o”, se atrevió a murmurar alargando la palabra y un escalofrío lo paralizó hasta las entrañas. Como un eco la carcajada retumbaba en los muros de la mazmorra e inevitable fue que no se orinara nuestro amigo. Era el mismísimo demonio el que reía escandalosamente, don Juan no se equivocaba en su parálisis.

Sarcástico el Diablo que a su desquicio atento estaba, vino a socorrerle. Se burló de él, llamándolo cornudo una y otra vez. Don Juan se exasperó, aunque tratándose del Diablo disimuló. Ofreció su alma, su dinero, si tranquilidad le daba. Fastidiado por las peticiones, el Diablo al fin accedió:

—Id a vuestra morada, esperad el toque de las once campanadas. Preguntad la hora, don Juan Manuel al hombre que por ahí pasara y, quien la hora le de, será quien deshonra vuestra casa.

Sin más, inmediatamente el Diablo desapareció. Don Juan miró su reloj y… faltaban veinticinco minutos para las 10. El tiempo se alargó contra su desesperación y angustia. Faltando los mismos minutos para la hora acordada, don Juan abandonó su mazmorra y presto corrió a su casa, enfundado en la misma capa prestada. Embozado esperó las once campanadas. Taaan Taaaannnn Taaaannnn

—Perdone usarcé, ¿qué horas son?
—Las once, caballero.
—Dichoso usted que sabe la hora en que va a morir.

Y dicho esto, don Juan Manuel descargaba su furia puesta en su toledana que resplandecía en medio de la noche; arrebatándole la vida a quien en deshonra lo ponía. Empapado en sus propios sudores, a la celda del Palacio don Juan retornaba. El corazón lo traicionaba, agitándose y amenazando detenerse.

—¡Ja ja jaaa ja jaaa! ¿Qué abreis hecho, don Juan Manuel? Abreis matado a un hombre inocente, ¡Ja ja ja ja jaaa!, —dijo el Diablo doblado de la risa, más tarde repuso: —Siga vuesa merced saliendo todas las noches, y cuando yo me aparezca junto al cadáver sabrá entonces con quién lo engaña su mujer, la bella doña Marina de Laguna. Ja jaaa jaaa jaaaa… —y desapareció sin más.

Qué difícil era cargar con un muerto; pero para esos momentos, las necesidades de don Juan Manuel eran otras. Una enorme necesidad de desfogar su represión y frustraciones lo impulsaban a deslizarse sobre la calle, atravesar el costado sur de la Plaza Mayor y dirigirse rumbo a su casa y, justo al toque de las once campanadas…

—Perdone usarcé, ¿qué horas son?
—Las once, caballero.
—Dichoso usted que sabe la hora en que va a morir.

Y desenfundaba la toledana que, a estas alturas, ya no importaba cómo la había conseguido. Y descargaba su furia en el corazón de un hombre que había tenido el mal tino de pasar por ahí y encontrárselo; pues el Diablo nunca se paró cerca del cadáver.

—¡Joder, de nueva cuenta me he equivocado! —y la risa burlona del Diablo resonaba en sus oídos como eco maldito.

Al día siguiente, la noticia se conoció en toda la ciudad de la Nueva España. Un segundo muerto aparecía en los alrededores de la casa de don Juan, en menos de una semana. Fue necesario ponerle las sales en la nariz de la bella doña Marina de Laguna que inevitable fue que cayera desfallecida al enterarse… Repuesta del desmayo, soltó el llanto, pues un nuevo presagio le anunciaba nuevas y más desgracias sobre su morada. Sólo el sobrino de su querido esposo lograba aliviar el inmenso dolor.

 

Ese mismo día se conoció en el Palacio Virreinal que don Juan Manuel de Solórzano y don Prudencio Armedia abandonarían la mazmorra; no se sabe bien a bien si el ya saliente virrey había logrado hacerles el favor o si una nueva trampa les tendían sus enemigos; pues era creciente el rumor que don Juan Manuel salía por las noches de la cárcel y… Ya sabrá usted lo que estos amigos sospechaban.

Al llegar a su casa, mugriento don Juan Manuel de Solórzano fue recibido con abrazos y llantos, tanto de su mujer como de la servidumbre y de su sobrino, que para ese momento seguro no estaba si era querido. Renuente don Juan a los apapachos se enfiló a su habitación y pidió no ser molestado; quería estar solo, solo completamente. Esa tarde no probó bocado por más que doña Marina le rogó. Desconcertada, optó la mujer por guardar silencio. “Mi habla está asustada, teme salir, por sentirse ofendida, lastimada… Es un caso injusto, don Juan, no me exija penitencias por pecados no cometidos. Calme su corazón que para alterar su ritmo no hay razón.”

Pero, don Juan Manuel de Solórzano caso no hacía del dolor de su mujer; pues ensimismado estaba en el propio y su venganza aun no concluía. Esa noche saldría al sonar las once campanadas y, la historia se repetiría…

—Perdone usarcé, ¿qué horas son?
—Las once.
—Dichoso usted que sabe la hora en que va a morir.

Y el brillo de su toledana brillaba a lo alto para después hundirse en la calidez sanguínea de un nuevo inocente, sí, porque el Diablo de nueva cuenta no se apareció.

—¡Maaaaaldiiitoooo!, —sentía don Juan que el Diablo se burlaba de él y, no se equivocaba. Esa noche el Señor de las Tinieblas se le apareció y le dijo que, no desesperara pues cerca estaba de matar al hombre con quien su mujer le ponía los cuernos. Y soltó una cavernosa risotada que sólo don Juan escucho.

 

 

Un fuerte rumor corrió por el edificio del Ayuntamiento cuando un cuarto muerto apareció afuera de la casa de don Juan… ¡Don Francisco Veles de Pereyra había sido asesinado! Sí, el mismo hombre quien había llevada a la cárcel de Palacio a nuestro angustiado amigo. Al confirmar que el muerto era su enemigo, don Juan no cabía en su dicha pues su venganza comenzaba a arrojar frutos; pero, qué pasaba con el Diablo que no se apareció cerca del cadáver. “¡No es posible!” Esa noche don Juan llamo al Diablo, le exigió una explicación pues seguro estaba que don Francisco había ofendido su casa. Burlón el Diablo se apareció y le dijo que no desesperara, que esa misma noche sabría con quién su mujer lo engañaba y que ahora sí, cerca del cadáver se aparecería su majestad Mefistófeles. Don Juan sonrió con sarcasmo y ansioso espero las once campanadas…
En tanto, los habitantes de la ciudad estaban consternados. La guardia por las calles se reforzó. Había temor de amanecer con la noticia de un nuevo cadáver. Muchos hombres dejaron de salir por las noches y las mujeres no se cansaban de pedirle al Señor calmar su ira.

Al escuchar el toque de queda, enfundado con la misma capa y el mismo sombrero, don Juan salió de su casa y…

—Perdone usarcé, ¿qué horas son?, —y esta vez la respuesta no llego inmediatamente. Así que don Juan insistió:
—Perdone caballero, ¿qué hora marca su reloj? —con dificultad sostenía el hombre su mirada en la de don Juan y una tímida voz a penas se dejo escuchar…
—Las once…
—¡Dichoso usted que sabe la hora en que va a morir!

Y con una mayor saña, don Juan alzó el puñal de afilada punta; había decidido cambiar la toledana por una arma blanca de mayor envergadura. Unas gruesas lágrimas humedecieron sus mejillas cuando miro al Mefistófeles, al Chamuco, a Satanás, a Lucifer, a un lado del cadáver. Era feliz, feliz. Soltó una carcajada don Juan Manuel de Solórzano y se metió a su casa. Luzbell lo miraba de fijo con una sonrisa sarcástica: “¡Pobre diablo!”, pero esto ya no alcanzó a escucharlo nuestro personaje que a esas horas de la noche se enlistaba para entrar a la habitación de su mujer, doña Marina de Laguna, y pasar una noche tibia en el tibio regazo de la amada.

Al día siguiente, antes de las ocho de la mañana tocaron a su puerta. Desconcertada doña Marina se levantó, quiso asomarse pero, este era asunto que debía atender el hombre de la casa y no una dama. Presto se vistió don Juan al escuchar los incesantes golpes al madero de su portón.

—¡Perdiez, que prisa traéis!, —gritó don Juan.

 

 

Al abrir la puerta se encontró con la guardia que le llevaban un cadáver. Don Juan pidió una explicación y exigió que ese muerto no se lo cargaran a él, por haber aparecido frente a su casa. Después de un silencio, uno de los guardias decidió levantar el rostro del muerto y… No, no podía ser. No. “¡Nooooooooo!”, lanzó un alarido don Juan y enseguida su mujer se le sumo ahí en el quicio de la puerta y, al mirar al muerto cayó desmayada. Esta vez, las sales insuficientes fueron para reanimarla. Desfallecido don Juan Manuel lloraba el cadáver, mientras la servidumbre atendía a su esposa en casa. Y es que ese hombre que había matado don Juan unas horas antes era, nada más y nada menos quien cuidó tan bien de su hacienda mientras le pasaba el desvarío, era el hombre que le mostró en todo momento lealtad y gratitud: sí, su sobrino querido.

Aun no se cumplía una semana de la tragedia cuando, un sol perezoso anunciaba un día nublado. A penas el astro rey iluminó la Plaza Mayor y los guardias del Palacio Virreinal en gran alboroto se aglutinaban alrededor de la horca pública, desde las torres de Catedral el sacristán atestiguaba aquello que simulaba un colmenar. Unos guardias iban y venían del palacio hasta juntar mucha gente y es que, esa mañana había amanecido colgado uno de los hombres más ricos de la ciudad de México, don Juan Manuel de Solórzano. Nuestro pobre don Juan.

Dicen que fueron los Oidores del Ayuntamiento quienes ordenaron la ejecución de don Juan Manuel, pues vengar querían a su amigo don Francisco Veles de Pereyra. No deseaban más escándalos ni ofrecer detalles del crimen, y atribuyeron a los ángeles la “justa” condena impuesta a quien había cometido pecado mortal.

Pero también cuenta la leyenda que arrepentido de sus crímenes, nuestro amigo fue a confesarse al convento de San Francisco donde explicó la intervención del Diablo en su desgracia. El llanto a penas le permitía el habla. “El reverendo al verlo lo escuchó con la tranquilidad del juez y con la serenidad del justo”. La penitencia de don Juan era, que por tres noches consecutivas, en punto de las once –hora marcada por el Diablo para cometer los homicidios–, debía ir a la horca pública a rezar un rosario para salvar su alma. Así lo hizo, pero no pudo concluir las cuencas la primera ni la segunda noche, pues imágenes fantasmales le impidieron continuar. Imágenes fantasmales que con sepulcral voz le llamaban por su nombre.

Aterrorizado don Juan regresó al convento Grande y por caridad fue absuelto de sus pecados; pero debía regresar una tercera noche para cumplir el mandato de Dios. Sin poder conciliar el sueño en varios días, con el miedo que le escurría en axilas y entrepierna y con la única aliciente de haber conseguido el perdón del reverendo, don Juan Manuel de Solórzano fue a la horca esa noche de octubre de 1641, donde cuentan que un cortejo de ánimas conducían el cadáver del entonces privilegiado del marqués de Cadereyta, y una voz fantasmal imploraba encarecidamente: —¡Un padrenuestro y una avemaría por el alma de don Juan Manuel!

Por muchos años, a la hoy calle de Uruguay, los habitantes de la ciudad la llamaron la Calle de don Juan Manuel de Solórzano y, como muchos otros crímenes ocurridos en esta gran urbe, la muerte de nuestro angustiado amigo seguirá siendo un misterio, como misterio fue si doña Marina de Laguna le había sido infiel, pues si en riesgo puso esta mujer su virtud y su buena cuna, fue para salvar al marido que se encontraba en la cárcel, pero ¿cómo salvar a quien por enfermedad padece de celos? En los remedios del amor, qué difícil es atinarle a la cura, ¿no le parece?

Y si usted duda de esta historia, le proponemos que justo a la hora en que bestias y hombres duermen, realice un paseo por la ahora llamada Plaza de la Constitución, y si escucha unas voces sepulcrales, ¡cuidado!, porque tal vez un cortejo de ánimas le anuncie su muerte. Ja ja ja ja jaaaaa

*Lope de Vega, al igual que el verso que apareció en la primer entrega: “…que no parece vida esto que me ha dejado tu partida (…) que en mi y en estas selvas no habrá vida ni flor hasta que vuelvas”.

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