Leyenda…El Diablo en el templo de Culhuacan

Documento Insólito, Cierto y Verdadero, que trata de sombras noctámbulas y de
la perversa gula por el ayuno de tres veces al día
y de un misterioso templo de tres naves que un día aterrizó en terreno santo

La noche siempre es el manto de los imaginarios nocturnos,
donde ángeles y los demonios andan sueltos. La noche es la protectora de placeres,
devaneos y misterios. Y en el misterio, las leyendas cohabitan y existen con los muertos.
Cosas de ver, sentir y oír. Nuestro siguiente relato es uno de ellos

Dicen que allá por la década de los setentas del siglo XVI, los dominicos del convento de Cuilapan, Oaxaca, carecían de un templo majestuoso como existían en otros lugares de la Nueva España. El que habían construido era muy sencillo; no correspondía con sus pretensiones religiosas ni a la ostentación que la casa de Dios debía tener para evangelizar a los indios. Había que construir algo más grande y bello. Éstos eran los deseos y los sueños de los frailes dominicos, pero también eran las religiosas obsesiones del prior, fray Domingo de Aguiñaga; estudiante en sus años mozos de las artes plásticas, arquitecto y amigo de Ignacio de Loyola. Este fraile tomó el mando del convento en el año de 1570. Y con sus estudios, para bien usarlos, siempre quería hacer cosas nuevas para engrandecer su espíritu y el de la orden religiosa que representaba.

El día 13 de septiembre de 1574 empieza nuestro relato, y se da cuando un personaje extraño visitó el convento. Llegó cuando la noche se manchaba de miles de destellos plateados y de una luna inmensamente luminosa. Llegó en un lujoso carruaje negro, con cortinillas de terciopelo negras y tirado por cuatro briosos y enormes caballos negros. El personaje alto, de mirada de aguja —inyectada de sangre— y de barba acicalada que terminaba en una bien cuidada piocha puntiaguda, tenía porte aristocrático; vestía rigurosamente de negro, todo de negro. Los perros del convento ladraron desaforados cuando sintieron la presencia del extraño personaje. Uno de los monjes salió a abrir después de escuchar los fuertes toquidos sobre la puerta. El hombre pidió hablar con el padre prior. La pesada puerta se abrió y los perros, que también vivían dentro del claustro, sintieron que una sombra que caminaba junto al hombre les caía con una enorme fuerza sobre sus hocicos; después, asustados, sólo aullaban lastimeramente.

La entrevista duró varias horas, hasta el amanecer. Las visitas se sucedieron una tras otra, siempre por las noches. Eran noches donde a veces salían unas carcajadas de la celda del prior y rebotaban en los muros de cantera del convento y se repetían en un eco tras otro. Los perros dejaron de ladrar ante la vista del personaje, sólo se echaban y gemían y sus ojos se alumbraban de miedo.

Después de la última visita, el padre Domingo de Aguiñaga pidió a los frailes, a la hora del almuerzo en el refectorio, que ese día por la noche no salieran de sus celdas porque algo extraordinario iba a suceder. En balde fueron la preguntas, el prior no dio respuestas. Llegada la hora, él mismo se cercioró de que todos los religiosos se recluyeran.

A las doce se escuchó la llegada de varios carruajes. El silencio de la noche desapareció y en su lugar se escucharon risas, gritos y blasfemias contra santos, frailes, vírgenes y el mismísimo Señor de los Cielos. Los frailes, en su resguardo de cuatro encaladas paredes, y tomando escapularios en sus manos sudorosas, no podían dormir; aunque lo intentaran, las risotadas y maldiciones retumbaban en los anchos muros del convento y en los oídos de novicios y frailes.

Algunos religiosos con el Jesús en la boca y escapulario en mano, se asomaron entreabriendo las puertas de sus celdas; sólo vieron cómo muchas sombras subían, bajaban, avanzaban, retrocedían. Entre éstas se movía el extraño visitante que antes se había entrevistado con el prior.

Estas sombras ágiles empezaron a levantar el templo anhelado por Domingo de Aguiñaga; primero los cimientos, columnas, paredes, arcos, nichos, altares. Todo con una rapidez asombrosa se fue acomodando bajo la dirección del personaje de negro que mandaba azuzando y maldiciendo a las sombras que levantaban, esculpían y pegaban cantera. Los perros y los religiosos despiertos, acompañaban a la noche con el retumbar de sus corazones que amenazaban con estallar o salirse del cuerpo; sus cuerpos sudaban y sudaban frío y el miedo no salía y aumentaba las ganas de orinar y orinar.

 

 De pronto, cuando la construcción ya llegaba a la cúpula, cantó fuertemente un gallo en medio de la más cerrada oscuridad, y todo se suspendió de inmediato. Las sombras y el personaje que las movía desaparecieron. La construcción quedó incompleta.
Por la mañana los frailes vieron que un templo se había levantado por la noche, pero éste estaba inconcluso. Corrieron desaforados a ver al prior, pero éste no respondió a sus preguntas ni a sus temores.

 

Tiempo después el prior se enfermó gravemente y en trance de muerte, allá por el año de 1597, confesó: “El personaje misterioso que habló conmigo ¡era el Diablo! Ofreció construir el templo deseado en una noche, a cambio de las almas de la congregación. El trabajo se haría antes de que cantara el gallo. Rechacé la propuesta –dijo-. Pero, dudando de sus poderes -agregó-, pensé que podía vencerlo. Preparé a un gallo que a una señal cantara. La señal era ponerle una gallina culeca… Decidí correr la terrible aventura.

Llegado el momento, el Diablo actuó con tal rapidez que había que responder de la misma forma. Sí, como a eso de las cuatro de la mañana fui por la gallina culeca, pero no estaba en su lugar, el tiempo pasaba y yo en el gallinero, cuidando de hacer ruido, hasta que encontré a la gallina que estaba acurrucada cerca del fogón. La llevé corriendo, alzándome el hábito; el gallo al sentirla cerca, cantó alegre, y yo también me alegré.

La obra quedó inconclusa y el Diablo, al saberse engañado, todavía le alcanzó tiempo para perseguirme. Corrí, pero una de mis sandalias se me salió y mi cuerpo fue a dar al suelo con todo el peso de mis años. El Diablo estaba ahí y me miraba con sus ojos rojos y malditos. Quería enterrarme sus afiladas uñas, pero mi escapulario bendito frente a su feo rostro lo hizo retroceder. Al ponerme de pie, le azoté la espalda. Todavía a veces sueño sus ojos inyectados de sangre y su aliento con olor a azufre.”

Cuando fray Domingo de Aguiñaga murió, a los 86 años, dicen que un olor a santidad impregnó el ambiente mortuorio. Muchos hermanos de su orden religiosa le quitaron pedazos de su hábito como reliquias. Y mientras los rezos acompañaban el cuerpo del fraile, algunos novicios aseguraron que por la noche veían una extraña sombra merodear por los techos y los grandes muros del convento.

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