Leyenda La Amante de los ojos claros.

Por: Luís Miguel Correa Téllez

En el siglo XV, en la Puebla de los Ángeles, atrás del Convento de Santo Domingo, vivía una mujer hermosa por sus pupilas claras. Esta mujer, estando ya casada, nunca se había enamorado, por ello en sueños esperaba al caballero que mereciera su encanto.

Una mañana, al salir de misa el hombre soñado llegó a su vida. Era un joven de postura arrogante llamado Gutierre de Cetina, sevillano de origen, noble y de acomodada familia; soldado, más en peregrinación apasionada que guerrera, y que antes de su llegada a la Nueva España había seguido a la corte por toda España, Italia y Alemania; además estaba familiarizado con los clásicos latinos.

Al contemplar a doña Leonor de Osma, el caballero no pudo resistir al encanto de tanta belleza y calló enamorado. Trató de conquistarla con frases y versos de amor que le hacía llegar mediante su servidumbre, con lo cual la dama sabía que su alma se consumía ante sus bellos ojos. Sin embargo la bella dama no le contestaba a sus cartas y cuando lo hacía alegaba su condición de casada, oponiendo murallas ante el ataque de amor, sabiendo que éste se complacía en derrumbarlas.

El caballero nunca se sintió derrotando e intentó seguir concertando una cita. Llegó el momento en que doña Leonor de Osma decidió aceptar la cita y se dejo ver a los ojos del enamorado caballero desde su balcón, envuelta en finísimo velo blanco, como si la luna misma bajando del cielo, viniera a ceñir la magnífica escultura de su cuerpo.

Se dice que sus amores eran apasionados; pero la galante cortesanía de la época, sabía ocultar la intensidad de estas pasiones. Eran felices el caballero y la dama bajo el milagro oriental de este claro cielo de la Puebla de los Ángeles.

 

Mas, como la dicha es fugitiva y la felicidad incierta, sucedió que aquella noche, primero de abril de 1554, en que la dama esperaba soñando a su apuesto amado, después de que este hubo llegado y cuando se encontraban en su amorosa conversación, la fatalidad, encarnada en un cobarde, llegó calladamente. Bajo el miedoso temblar de las estrellas, estremecidas de horror, el puñal de los asesinos cayó una y varias veces en el cuerpo del caballero, del noble Don Gutierre de Cetina, que rodó ensangrentado, y el silencio de aquella noche, propicia al amor y al crimen, se rompió en pedazos por el grito delirante de la dama, la bellísima doña Leonor de Osma.

Y así fue como poco tiempo después a consecuencia de las heridas provocadas en esa noche trágica de abril, terminó la carrera gloriosa de amor y de batallas del hidalgo poeta, don Gutierre de Cetina.

Entre sus bellas composiciones, quedó como un verdadero modelo de ternura, elegancia y distinción el madrigal a unos “Ojos Claros” que fue inspirado por el incomparable fulgor los ojos claros de doña Leonor de Osma.

¡Oh, la galanura de sus versos!…
“Ojos claros serenos,
si de un dulce mirar sois alabados.
¿por qué si me miráis, miráis airados?…
Si cuanto más piadoso
más bellos parecéis a quien os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tomentosos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos”.

 

 

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