Leyenda Casa de los Muñecos.

Por Luis Miguel Correa Téllez

La leyenda en sí, es sencilla y breve. La narración se complementa con los hechos reales, históricos, y con los personajes que se citan en ella. Era Don Agustín de Ovando y Villavicencio un angelopolitano distinguido, influyente y poderoso entre las autoridades eclesiásticas y civiles de la Angelópolis y uno de los habitantes de la Intendencia de Puebla más ricos, dueño de muchas casas de gran valor y propietario de de algunas haciendas sureñas de Acatlán.

Era señor de abolengo, descendiente y heredero de la casa hispánica de los De Ovando; que lucía escudo labrado en piedra en la parte alta del ancho y alto zaguán del edificio virreinal. Don Agustín era de presentación física notable que contribuía a hacer su “ego” orgulloso, intolerante, despótico y grosero ante los poderosos y qué decir ante los plebeyos.

En el año de 1773, fue designado miembro del Cabildo Civil de la Puebla y en el mismo año, Alcalde; cargo que por segunda vez desempeño en 1791. Posteriormente obtuvo el título de “Regidor Honorario Perpetuo”.

Conocía a la perfección todas las ordenanzas, edictos, disposiciones, etc., que se aplicaban para el buen administrar y gobernar a la población y sus habitantes; sin embargo era más sorprendente el conocimiento y exacto juicio que tenía de sus colaboradores, los ediles.
De gran ingenio innato, irónico y festivo, Don Agustín criticaba todo y a todos, ponía apodos, endilgaba hechos, cuentos y anécdotas humillantes; era, en la voz del pueblo, un fastidioso.

En todo el virreinato en la Nueva España se había establecido que las Casas Consistoriales, llamadas también Casas de Consejo, Casa del Cabildo y desde 1714 llamadas como Palacio Municipal, fueran las principales casas en cada ciudad y las más altas, significando esto el rango y autoridad.

Don Agustín de Ovando y Villavicencio había sido nombrado por la ciudad al darle a una calle y al puente cercano de su residencia su nombre, y el nombramiento

 

Él sabia muy bien, conocía en todo su valor la tradicional condición de que la Casa de Cabildo debía ser la más alta de la ciudad; pero considerándose muy poderoso, retando a la autoridad, mandó a construir, a la vuelta del Palacio Municipal, una casa de tres pisos que sobrepujaba la altura de éste.

El Cabildo Civil, al darse cuenta de que el edificio estaba por concluirse con mayor altura que la del Palacio, ordenó a su propietario don Agustín de Ovando, que suspendiera la obra y derrumbara el tercer piso. Éste no hizo caso alguno, pero la autoridad suspendió los trabajos con fuerza policíaca.

Intervino, en acción conciliatoria el Intendente, sin resultado alguno. El Ayuntamiento y De Ovando acudieron al Virrey. Para éste, el asunto le trajo grave conflicto en cuanto a que el apellido De Ovando pesaba mucho en la Corte, pero al fin se decidió por dar su apoyo a la autoridad angelopolitana.

De Ovando, que sentía menguado su orgullo y menospreciado su poder, se fue a la Metrópoli; allá, valiéndose de sus relaciones, que eran muchas, y de fuertes influencias logró que el Monarca concediera el permiso para que su edificio se terminara sobrepujando la altura del Palacio Municipal, echando por tierra la arcaica tradición de la exclusividad de altura en los edificios virreinales.

Pero Don Agustín había sido avergonzado, estaba adolorido por haberse atropellado su orgullo de gran señor y sobre todo muy resentido con los concejales metropolitanos, a quienes conocía perfectamente, hasta en sus costumbres íntimas, pues fueron sus compañeros de Cabildo. Para vengarse de ellos mandó hacer en Valencia sendos tableros de azulejos, con caricaturas de cada uno de ellos, satirizándolos en actitudes grotescas. Era su vergüenza.

Al regresar, triunfante, a la Angelópolis, mandó empotrar esos tableros en la fachada del edificio motivo del pleito del que no hay ningún documento que lo compruebe, surgiendo así la leyenda de la cual se obtiene una conclusión: Don Agustín de Ovando y Villavicencio legó a la ciudad de Puebla las primeras caricaturas conocidas posiblemente en nuestra nación que datan de la época del Virreinato.

 

 

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